Horacio Vogelfang con un corazón en la mano

Horacio Vogelfang extrae corazones para vivir, es a lo que se ha dedicado toda su vida. Empezó en el 2000 con los trasplantes cardíacos, luego de haber hecho cirugías experimentales en perros y cerdos con mucho éxito, ya tenían su primer trasplante preparado: se trataba de una niña de 8 años y había que ir a buscar su nuevo corazón al interior. Cuando el órgano llegó, notaron que se había deteriorado en el camino y no pudieron aceptarlo. Era el primero y todo estaba en marcha, pero a veces estas cosas suceden. “Por suerte, al mes apareció otro donante”, era un domingo por la tarde y Horacio estaba terminando de  almorzar con su familia. La operación se realizó con éxito.

Vogelfang es médico, se especializa en cirugía de corazón infantil y hasta el año pasado era el jefe del servicio de trasplante cardíaco del Hospital Garrahan, donde en 1996 fundó el  primer banco de tejido cardíaco en toda América Latina. Junto con su equipo opera desde bebés de tres meses hasta jóvenes de 18 años y, cuando es necesario, colocan un órgano sano donde hubo uno enfermo. Ya jubilado del hospital pediátrico más importante de la Argentina, Horacio sigue realizando intervenciones quirúrgicas con su equipo para el sector privado.

Cuando tenía cuatro años, contrajo Poliomielitis, un virus que en su forma más grave puede provocar parálisis, razón por la cual hoy se lo ve andar con un bastón.  Mide un metro ochenta y dos, usa anteojos de marco negro y el pelo le rodea la cabeza como una corona de olivo de color blanco. La mayor parte del tiempo se lo puede ver con el guardapolvo puesto, sin embargo, este año no lo ha usado tanto como otros: la Pandemia ha reducido sus intervenciones quirúrgicas e idas al trabajo de cuatro veces por semana a tres como máximo o una. Hoy lleva un buzo negro del estilo de Steve Jobs y sus lentes; cuando sonríe, levanta la comisura izquierda en una sonrisa ladeada.

Nació en el barrio porteño de Paternal, frente al Club Fulgor. De chico jugaba al fútbol como arquero, y hasta llegó a hacerlo con Reinaldo “Mostaza” Merlo, ex futbolista y director técnico. A pesar de las cirugías e intervenciones, él jugaba y nadie entendía cómo podía atajar bien, pero lo hacía. 

Horacio Vogelfang jugando fútbol en el tercer año de la secundaria.

No tenía previsto ser cirujano, cuando comenzó a estudiar en la Universidad de Buenos Aires, allá por el año 1969, “iba más por el lado del psicoanálisis” y Cirugía la aprobó “raspando” con un cuatro. Lo que sí sabía era que iba a estudiar Medicina, desde chico, era casi un mandato familiar aunque en su familia no había ningún doctor, solo comerciantes.  

-¿Con el título de médico alcanzaba?

-Siempre hay exigencias familiares que tienen que ver con uno mismo, mi mamá me decía “pero a vos te van a dar el premio Nobel”. Nada alcanzaba, si había premio en el Congreso era poco porque había que tener el Nobel.

Horacio Vogelfang junto a su mamá y su hermano en Mar del Plata, año 1954.

Y el premio en el Congreso llegó. En 2017 la Legislatura porteña le entregó una distinción y lo declaró como Personalidad Destacada de las Ciencias Médicas. Pero como él mismo reconoció: “en Medicina hay muy pocas cosas que uno pueda atribuirse a sí mismo y a sí solo” e invitó a todo su equipo de cirugía al escenario, incluso a Gisela Abad, secretaria del área de trasplante del Hospital con la que no trabajaba hacía nueve años pero que él consideraba parte importante del grupo. Ese año Gisela volvió con él.

Lo suyo no se trató de una vocación, para él eso tiene que ver con “un deseo inicial” de hacer algo. Recién en los últimos dos años de la facultad empezó con las prácticas en hospitales. El primero fue el Fiorito de Avellaneda, donde las operaciones abundaban: había varios delitos y accidentes por la zona, era “una guardia muy quirúrgica”. Le empezaron a gustar las operaciones pero no en adultos ni cirugía general: “Era demasiado poca cosa, el desafío era hacer cardíaco en chicos”. Así, su profesión lo fue encontrando más que él a ella.

En sus viajes a distintos países aprendió muchas cosas, entre ellas, que Argentina es un  país donde los recursos médicos no sobran, “me di cuenta de que hay algo que ellos tienen resuelto que nosotros no”.  Pasó temporadas estudiando un método para preservar en frío partes del corazón -como arterias y válvulas- de aquellos órganos que se donan pero que no sirven para trasplantar enteros. Esto lo llevó a abrir el Banco de Homoinjertos en el hospital pediátrico en el 96, el primero en su tipo en el sector estatal de nuestro país. 

En Canadá, estudió un protocolo para realizar un trasplante de corazón a un donante no compatible con el paciente; la técnica consiste en modificar la sangre del receptor en función de la sangre del donante para que no se produzca un rechazo, algo que hasta el momento nunca se había realizado en América Latina. En el 2004, ese donante incompatible llegó y Horacio pensó que iban a ir “todos presos”, como contó en la charla Ted que dio en 2013.

Abril Dispenza tenía 16 meses cuando la trasplantaron, Ayelén, su donante, 17 y su tipo de sangre era distinto. Unos meses antes, sus padres la habían llevado al Garrahan a causa de una infección viral que le afectó el corazón, los médicos la anotaron en la lista de trasplantes. El mismo presidente de ese entonces, Néstor Kirchner, le dijo a Sergio Dispenza, el papá de Abril: “Lo que vos necesitás yo no te lo puedo dar”. El propio Horacio se enteró mientras cenaba con el equipo, en una pizzería en Entre Ríos e Independencia, de este encuentro por la televisión. Al otro día, Vogelfang esperaba a que Gerardo Naiman, subjefe de servicio al frente del equipo de ablación, llegara de Santiago del Estero con el corazón que buscaban. Nunca había tenido tanta gente pendiente de una cirugía.

En el 2006 trajo el Berlin Heart al Hospital, luego de haber ido a Alemania a ver cómo funcionaba. Se trata de una consola que funciona como un corazón artificial y que permite a los pacientes vivir mientras esperan un donante, los cuales no abundan y  mucho menos para niños. Cuando un chico se inscribe en el Incucai (Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implante) es probable que tengan que pasar varios meses incluso años hasta recibir un órgano.

El caso pediátrico de mayor tiempo de vida con un corazón artificial como puente al trasplante que se conoce en el mundo se trata de una niña atendida en el Garrahan, Marianella.  Estuvo conectada al Berlin por 955 días para llegar con vida a un trasplante cardíaco y después de más de dos años y medio lo consiguió, el Dr. Vogelfang y su equipo la ayudaron.

Son cuatro horas, seis como mucho, las que un corazón vive fuera del cuerpo y en ese tiempo hay que chequear la compatibilidad de grupo sanguíneo, el tamaño y el peso. Eso solo, porque no hay tiempo para nada más. Si el donante está en otra provincia, el grupo se divide y una parte se encarga de la ablación, la extracción del órgano, Horacio se queda para recibirlos. Ese corazón pasa varias horas sin latir fuera del organismo, por más que el procedimiento se siga paso a paso nunca se sabe si va a latir hasta que lo hace.

-Es un momento emotivo, parece rutinario pero es maravilloso.

Horacio Vogelfang trasplantando un corazón.

A Vogelfang le gusta leer, en su tiempo libre mira películas de Tarantino y piensa. Últimamente ha encontrado “placer” en el habano, no en fumar en sí porque él no aspira el humo sino en estar cincuenta minutos solo en el balcón, pensando, tal vez con una copa de vino al lado. Su hija, Martina, dice que “si puede, se pasa horas en el balcón”, leyendo, escribiendo. Ya no pretende tanto destacarse en la profesión, lo que le gustaría hacer es escribir, “pero es un sueño”, dice él.

Tiene cuatro hijas, tres de un primer matrimonio, y la más chica, Martina, del segundo con su mujer Claudia Crosta, a quien conoció trabajando en el Garrahan cuando ella era secretaria. Ninguna hija le salió médica, cirujana o psicoanalista. La menor lo intentó, se inscribió en la UBA como su padre, pero dando los parciales “entró en una especie de crisis” y decidió cambiarse a Artes. Horacio estaba de acuerdo, de hecho él siempre la alentó a que no estudiase Medicina. La mayor, Lucía, es Licenciada en Letras y tiene dos hijas; Ana, la segunda, es arquitecta y artista plástica e Inés estudió Cine y se dedica a hacer documentales. “A través de ellas a lo mejor se cumple mi sueño de escribir”, dice Horacio casi riéndose.

Martina Vogelfang piensa que su papá tiene dos personalidades, una más “serena”, que vive en casa y le atiende a sus llamados cuando necesita una solución, como la vez que le explicó cómo estacionar, con mucha paciencia; la otra personalidad es la “estricta”: en el trabajo  le gusta que las cosas salgan bien y “si tiene que haber algún conflicto para que las cosas funcionen, bueno,  que los haya”. 

Gisela Abad lo conoce desde 1990, aunque recién en el 94 cuando comenzó a trabajar con él empezó a tratarlo con más frecuencia, y todavía recuerda esa primera impresión de ver a un médico con bastón. Dice que Horacio es “más bueno que Lassie”, quizá demasiado bueno. A veces el jefe se pone nervioso y grita, ella sabe que cuando se enoja, se enoja,  y hay que dejarlo porque a los veinte minutos vuelve pidiendo disculpas. Desde que lo conoce le ha enseñado siempre, a ella, al equipo, a los padres y a los pacientes.  

-¿Qué te enseña Horacio?

-En muchas cosas te enseña, a vivir te enseña.

Debido al virus, la tasa de trasplantes ha bajado y las cirugías que no son urgentes se posponen. Una cirugía programable, esas que se pueden hacer hoy o en tres meses, ocupa tiempo, personal, instrumentos y lo más importante, las camas de terapia intensiva que no solo es una cama sino todo lo que ella implica: enfermeras, respiradores y atención constante. El temor al contagio está presente entre los profesionales de salud y, aunque no evite la realización de operaciones, Vogelfang nota que pone a contraluz cómo está organizado y remunerado el sistema de salud, “la famosa grieta es algo que también se vive en el Hospital”.

Al hablar su voz es pausada y usa palabras precisas, se toma su tiempo para tomar decisiones, a las apuradas uno se puede equivocar. En quirófano, allí donde no hay tiempo, hace excepciones, las decisiones se toman en función de los recursos que uno haya incorporado, y “haber participado en miles de cirugías” te da esa habilidad. La necesidad de insistir lo ha marcado en todo su trayecto,  muchas veces decidir continuar un poco más hace que el resultado sea bueno. Eso sí, las decisiones no las toma solo. Deysi Vergara -cirujana del equipo- lo ve como un jefe y asegura que es todo lo contrario a un “déspota”, antes de hacer algo lo consulta con todo el equipo, no es de esos “cirujanos engreídos que se creen dioses”.

*

-¿Creés en los milagros?

-No creo en los milagros médicos, creo que hay un milagro en la donación de órganos. 

Según el Incucai, en este momento en Argentina hay 7111 personas que necesitan un trasplante para salvar su vida, en lo que va del año se han realizado 934 trasplantes de órganos, entre ellos 74 son cardíacos. En el 2020 Horacio no ha participado en ninguno, pero  a lo largo de su vida ha realizado más de 70 trasplantes de corazón.  Si ellos hacen bien su trabajo, en eso no hay un milagro. A pesar de haber nacido en el seno de una familia de clase media baja judía, la religión no “entra” con él a la sala de operaciones. 

Para un cirujano, el reloj va al doble de velocidad pero en la vida normal el tiempo transcurre igual. Su trabajo “está más teñido de la enfermedad, vivir horas y horas en un hospital durante muchísimo tiempo de tu vida”, pasó más tiempo de su vida operando que durmiendo, pero hoy con 68 años y oficialmente jubilado, sus compañeros notan que se dedica más tiempo a él mismo: “se afilió a un club de natación, hace kinesio, cosas que debería haber hecho antes por la polio” , reconoció Gisela. Vogelfang cuenta que se compró una máquina elíptica y “una especie de personal trainer” va a su casa. 

En el discurso que dio el día que la Legislatura porteña lo reconoció como personalidad de las Ciencias Médicas afirmó que “la rutina mata”. Para él, vivir haciendo lo mismo todos los días no es vida, cree que siempre se puede innovar en lo que uno hace y no quiere ser como los personajes de Gabriel García Marquez que se preguntan qué día es y se dan cuenta de que es lunes, como todos los días.

-Eso me parece muy insufrible, el trabajo no debe ser lo mismo que ayer y mañana.

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